lunes, 18 de noviembre de 2013

aNunCiO


Me subasto, al fin que por fin he comprendido que no hay que comprarse tormentas, que si las hay, el abrigo te lo tejes tú mismo, a diario, con tus propios hilos y tu propio semblante. 
Me subasto para ir haciendo el camino, porque el recorrido y el camino son hoy siempre todavía, porque el tic-tac de este reloj me avisa que soy ese animal que mide constantemente su tiempo y que no tiene tiempo. Tic-tac, tic-tac, tic-tac...
Me subasto, no al mejor postor sino al peor, al que comprenda de añoranzas, emocionalidades intensas y desasosiegos bien vividos, al que se comprometa con existencialidades realistas y mares de neblina, al que conozca de fuegos Turneanos. 
Me subasto hoy, mañana quién sabe, porque en este ruedo de pensamiento itinerante no sé si mañana tenga ganas de salir a subastarme.
Subasto mi nombre, mi accionar y mi existencia sólo para compartirla. 
Nota: no se aceptan manifestaciones tórridas de egoísmo ni superhéroes existenciales (mucho menos entes normales)


martes, 8 de octubre de 2013

A loS arQuiteCtoS dE mi deStiNo




Él me enseñó que la indagación se persigue hasta tumbarla y robarle cada una de sus entrañas, que una vida sin el pestañeo cuestionador no tiene vida. Me enseñó a dudar, a observar con detenimiento,  a perseguir la respuesta de "algo" no importando la distracción que esto implique, es preciso apostarse hasta encontrarla, aun si has de absorberte en tus pensamientos y olvidarte del mundo. Me enseñó a preguntarle a mis sueños si eran verdaderos.
Desde entonces, persigo el minutero del reloj y lo comparo con el vibrante aleteo de los pájaros, con la falaz sombra de mis pies, con la cosificación de mi alma, con la absolutez de lo inmediato. Persigo lo que hay y lo que no hay.
Él me enseñó a hincarme ante lo asombroso, a fluir con el diario despliegue del mundo, me hizo ver las texturas que aun me falta conocer. Me mostró lo incognoscible, lo invisible e insondable, lo abismal del aire. Él me preguntó por la pregunta misma y me atravesó para siempre con su ojo apasionado de eterno aprendiz.


Ella me expulsó con vida y cuando se detuvo a hacerlo me dió entera la suya. Inmediatamente adquirí su gesto robusto, la fortaleza de su andar, su forma de decir lo que siente y cree, me mostró las técnicas del temple, la capacidad que guardaba mi cabeza para las ensoñaciones. Me mostró cómo se apoya una planta del pie en el suelo para no ser falaz, para que el mundo y tú crean en mi rostro y mis palabras.
Su enseñanza es siempre aprendizaje vivo, arremeter el cuerpo y la mente, estar, dialogar e intentar comprender desde la distancia y la cercanía. Reconsiderar, regresar, retener y enojarse si lo amerita la circunstancia. Gritar, ella me enseñó a gritar, tan necesario para vivir completa la condición humana que me subyace. Tuvo el tacto entonces para acercarme lentamente a la vivencia más directa de la libertad.
Me enseñó la hermosura de expandir los ojos asombrada al ver su propia alma levantarse diariamente sobre la debilidad física
Me enseñó a morir, digna, pausada, intensa y vivencialmente eterna.











jueves, 11 de julio de 2013





De aire sensible y articulaciones tiesas
candidato a perturbador de mis distintas piezas.
La nuca flaquea
el pecho se alza
el ojo truquea
la pelvis se abalanza.

miércoles, 22 de mayo de 2013

reFlexioNes soBrE eL eGoíSmO


En realidad sólo había dos personas en el mundo
a las que amaba ardientemente, una, su máximo adulador en turno,
y la otra, él mismo.
J. C. Lichtenberg


Escher, "Manos dibujando" (litografía, 1948.) 

Jamás entendí el acto del Egoísmo como ahora que me lo he topado de frente, tanto que me he puesto a indagarlo detenidamente, quizá intentando entender qué es, intentando analizarlo de manera más profunda y esencial. Cuando tuve  frente a mis sentidos, pasajes, modos, acciones, omisiones, etc. que no supe como interpretar, comencé por preguntar qué es esto, la desubicación espacio temporal y emocional fue por momentos desesperante. Son estos los momentos en los que nos atraviesa una pregunta humana, demasiado humana. Son estos los momentos cuando el asombro nos despoja, pero nos permite abogar por la lucidez. Entonces, sólo a veces, se nos revela el mundo, se nos desvela un concepto en toda su carnalidad actuante, en toda su manifestación concreta, se nos muestra el ser aconteciendo, al que habría que descifrar bajo los esfuerzos del buen Hermes. El concepto toma forma, contenido, acción, contexto e intención, deja de ser mero concepto para convertirse en vivencia.

De egoísmos tenemos un abanico: los hay psicológicos, morales, racionales, etc, incluso se habla de un egoísmo biológico, esto nos clarifica que el tema es amplio y muy debatible. ¿Acaso el egoísmo puede interpretarse como una falla moral? ¿o en qué sentido podemos decir que ser egoísta es malo o bueno, es decir, podríamos hacer una evaluación moral del egoísmo? ¿descubrimos el egoísmo en las acciones ajenas sólo cuando nos afecta en aspectos importantes de nuestra propia subjetividad? ¿Es el egoísmo un antivalor? A lo largo de la historia de las ideas éticas mucho se ha dicho sobre este asunto. Para Aristóteles el egoísmo no se trataba de amor propio sino de una pasión desordenada por uno mismo, por otro lado, también se ha mencionado, sistemáticamente por varios autores, que todos los seres humanos somos egoístas en mayor o menor medida (egoísmo psicológico), postura reconocible en Thomas Hobbes "el ser humano es egoísta por naturaleza". Para Adam Smith el egoísmo significaba un bien práctico, donde el bien de uno se convertía en el bien de todos, lo que para muchos es una interpretación falaz acerca del concepto. Para Schopenhauer, el único acto moral se traduce en la compasión, la capacidad de sentir "como" otro, el egoísmo es justo la ausencia de compasión. Sabemos de lo abundante del tema, esta reflexión nunca pretendería ser conclusiva, sólo alusiva.

Vivir el egoísmo de frente y de persona a persona, en un ámbito cotidiano supone que los intereses del ser egoísta siempre estarán primero. El ser egoísta posee la incapacidad de consideración hacia lo otro, no hay perspectiva que se amplíe si no es en función de un beneficio propio. Es decir, el ser egoísta siempre defenderá la máxima de su bien propio, a pesar de que no siempre logre obtener buenos resultados. Las necesidades de "los otros" se reducen a la nada, no existe el sufrimiento ajeno, no hay afecciones externas. Dicha ceguera hacia el prójimo podría traducirse en insensibilidad y/o en violencia.

No involucrarse con "todo" parecería sano dada la necesaria capacidad de desarrollar amor por lo propio,  de forma moderada, pero no ver al otro, o, no identificarlo, implica no lograr nunca ponerse en lugar de alguien más. Parecería que cuando el ser egoísta alcanza a identificar al "otro" suele verlo como un "otro" que significa conflicto, por lo que presurosamente le evadirá. El "otro" significa estrés, problema, confusión.  ¿No será que la fuerza que caracteriza al ser egoísta está en sus motivaciones y sus deseos, es decir, en todo aquello que tenga que ver consigo mismo?. Así, sólo si el "otro" sirve como un medio para alcanzar dichos deseos entrará en el juego, juego que se tornará autoritario, frío y calculado hacia los fines o provechos a obtener del mismo.

Aristóteles relaciona al egoísmo con una pasión desmedida, fuera del control racional. Dicha pasión desmedida se vincula con la incapacidad de mirar a "otros", la falta de medición se centra en ser incapaz de darte a ti mismo lo que es "mejor" para ti y aprender a vivir con los demás, esta es, dice Aristóteles, la mejor manera de ejercer la virtud, mediante el justo medio en la acción.

Cuando coloquialmente decimos que "todo el mundo gira alrededor de alguien" queremos decir de "ese alguien" que es egoísta, narciscista, que posee un mundo cerrado y aislado de todo lo demás pero que, a la vez, gira en torno a él. De aquí, la notoria contradiccción de Narciso: soy yo lo más importante, pero necesito un mundo (espejo) que me refleje, pues sin el mundo no habría lugar para ejercer la comparación con lo "otro".

El tema no se agota, el egoísmo forma parte de esa larga lista de aspectos que podríamos seguir reflexionando para desentrañar algo más acerca de nuestra condición humana. ¿Qué pensar, qué descifrar, qué sentir cuándo te atraviesa la flecha del egoísmo?

martes, 30 de abril de 2013

aManeCe


miércoles, 20 de marzo de 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

eL idEaL moRaL a traVés de QuiJotE




Cuando el espíritu se eleva,
                                                                                                                                                               el cuerpo se arrodilla.
 Lichtenberg.



¿A cuántas reflexiones nos lleva una obra como el Quijote? sin duda a todas, a las que han devenido y a las que faltan. Hagamos algunas más. Cervantes nos da una cosmovisión, su obra la integra, como integra tantos hallazgos no intencionados. La polisemia del Quijote ha durado siglos.
Pensemos en aquel de la triste figura en su andar por el mundo. Podríamos comenzar por preguntar ¿qué sentido tiene el andar quijotesco? quizá se trate del absoluto anhelo de la mejora del destino, del alcance infinito de ideales, pero si es así, se trata de una actitud idealista que se enfoca en el esfuerzo y no en el éxito. Este personaje se esfuerza por alcanzar el bien no importando cual sea el resultado. Existe en el Quijote un esfuerzo ético radical, una sed inmensa de hacer las cosas como se “deben hacer”. El meollo del Quijote no está en el pensar sino en el actuar, actúa como un loco, pero esto no implica que piense como tal.
El Quijote vive en una  sub-realidad, una realidad que él mismo se ha inventado, abandonando lo que heredó para alcanzar lo que ha elegido ser, y  lo que ha elegido ser se subsume al hemisferio de los ideales. Así, las instituciones sociales, la tradición, el sistema de convenciones, etc., sólo poseen la realidad que se les reconoce. Don Quijote se abalanza en cuerpo y mente al ideal, esto, al servicio del bien. Lucha sin importarle el triunfo o la derrota mientras el objetivo derive en un bien. Su discurso ético está bien fundamentado pero su aplicación no es la adecuada. En el capítulo XXII el Quijote da libertad a un grupo de malhechores, pero fundamenta su acción en normas morales. Al enterarse que van por fuerza y no por voluntad dice:

“Pues aquí encaja la ejecución de mi oficio: socorrer a los miserables”[1]

Y argumenta en favor de una perspectiva moral:

“-es duro caso hacer esclavos a los que Dios hizo libres”[2]

El Quijote manifiesta una postura ética en su discurso, cada vez que dirige las acciones de Sancho le manda hacer lo que “debe de hacerse” en tal o cuál situación.

En la aventura “del polvo”este discurso se hace manifiesto:

-en eso harás lo que debes, Sancho –dice don Quijote-; porque para entrar en batallas semejantes no se requiere ser armado caballero

Podríamos decir que se trata de un héroe triste porque está fuera de contexto, pero él no se sabe triste, al contrario, goza de un optimismo radical ante su condición de caballero andante. Anacrónicas eran su modo de vida medieval y sus acciones, nunca sus ideas.
Aunque el Quijote sabe del traspies humano, del obstáculo que se le ha presentado, de la piedra en el camino, esto hace más apetecible lo ideal. El fracaso, el constante desencuentro con la realidad enaltece sus acciones, le dan mayor sentido. Para qué un caballero de tal altura, si el camino se mostrase accesible y sencillo, de ahí su orgullo opulento.
Cuando el Quijote embiste el primer molino, Sancho le recrimina el no haberle prestado atención en su advertencia de que no se trataba de un gigante, a lo que el Quijote responde: 

-que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel Festón que me robó el aposento y los libros, ha vueltos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento; mas al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada[3]

En el mismo apartado también le dice a Sancho: “y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna”[4]
El Quijote sabe de la contingencia y la singularidad de los actos humanos pero hay en él, indudablemente, una aspiración a la plenitud, a la verdad, al bien, a la belleza. Que éstas no empaten con la sub-realidad que el se ha planteado es cosa aparte.
En este personaje se hace patente la dialéctica existencial desamparo-plenitud, Angustia-esperanza. El Quijote va de lo uno a lo otro, va y viene del desamparo a la plenitud, pese a la total discordancia con su escudero y el mundo que le rodea, el Quijote ama el ideal, lo perfecto. Cada constructo que realiza en su cabeza es destruido por la vida misma. Sancho es el constante interventor que, de la mano del principio de realidad, se insubordina al mundo quijotesco. Pero sucede que el Quijote no se queda en esa realidad plateada por Sancho, sino que se da a la tarea de reconstruir su mundo, de nuevo, bajo el ideal. Justifica, refuta, discute, defiende, pelea; hace, cuanto sea necesario,  para seguir sostenido del ideal.
Así, se trata de una lucha entre el mundo fenoménico y el mundo ideal. El mundo fenoménico –el mundo de las cosas mismas- opone resistencia a la realización de los ideales quijotescos. Parecería una existencia trágica, que puede llegar a interpretarse como símbolo de la propia condición humana.
¿Acaso no podríamos ver en el Quijote una metáfora del pensamiento occidental en cuanto a la condición humana?  El pensamiento occidental ha pendido de las ideas más irrealizables: si alguien sabe de ideales es Occidente. La razón, la verdad, la belleza, se han establecido como arquetipos sobre todas las cosas. Había que controlar las pasiones, lo contingente, lo irracional, lo azaroso, ¿cómo? mediante la razón, lo verdadero, lo bueno. Ideales al fin, pues la razón se construyó a partir de la omisión de lo pasional, del azar; asuntos totalmente humanos. La existencia misma y su andar no fueron tomadas en cuenta.
Lo racional se ha planteado con esquemas tales que es difícil empatarlos con la realidad, el ser humano se autoafirma ser racional pero también pasional; vive la fortuna pero también el infortunio.
¿No será que el Quijote se nos plantea como ese pensamiento occidental que anhela la totalidad y la sobrepone –sin haberla alcanzado- a la condición existencial humana? Tal vez divago. Así como todo el pensamiento estrictamente lógico y racional se ha olvidado de la mismísima condición humana, cambiante, heterogénea, pasional etc., al Quijote, su pensar no le encaja con la realidad. Cada vez que el personaje sufre un desencuentro con ella se provoca una toma de conciencia acerca de su condición, de sus limitantes, pero no por ello pierde de vista el ideal, ese, sigue en su lugar. Al seguir ese ideal presente lo que sucede es que enfrenta la realidad con optimismo, con un no pasa nada.
Con el pensamiento no sucede lo mismo, históricamente, cuando un ideal se desvanece, cuando el sueño de la razón se despierta, el pensamiento busca nuevos poros ideales o, por el contrario, como ha sucedido en el siglo XX, después de tanto desencanto ante los ideales racionales, se comienza a mirar de forma más realista al ser humano.
El Quijote prefiere lo pintado, a lo vivo, lo real es ignorado hasta que recupera la razón. Asomemos aquí una reflexión acerca de la lectura ¿se critica o se elogia la lectura?, parecería  que Alonso Quijano siempre prefirió lo irreal, pues enloqueció de tanto leer, pero a la vez, el texto del Quijote parece atraparnos desde el inicio para seguir leyendo
El Quijote se torna un ser metafísico en cuanto no obedece a lo físico, a lo vivo, a lo que se mueve, no vive el mundo fenoménico. Pero, a fin de cuentas, qué pasaría si nos fuéramos al extremo de pretender quedarnos sólo con lo experiencial, quizá no atenderíamos a preguntas metafísicas como ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿qué es el bien? etc., preguntas que vienen del asombro del hombre ante la realidad inmediata.
Con el Quijote en mano y después de estas breves reflexiones, podemos encontrar respuestas a preguntas metafísicas: ¿qué es el mundo? tu propia invención, todo aquello que tu hagas del mundo obtendrá el sentido de mundo, como aquel perspectivismo nizscheano ¿qué es el hombre? un constructo de corazón y cabeza, de intuición y razón, que va de lo real a lo ideal y de lo que es, a lo que debe ser. El hombre es el ser cuya esencia es el vivir, el obrar y el querer aunque se trata de un vivir, obrar y querer que vagabundea entre lo angustioso y lo apasionado. ¿Qué es la vida? quizá ese proceso de actos apasionados, inquietantes, donde el hombre -mediante su anhelo de ser, de forjar un mejor destino y su persecución de ideales- le dota de sentido.



[1] Cervantes, M,  El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, p.108
[2] Ibíd., p.111
[3] Ibíd., p. 43
[4] Ibíd., P. 44